¿Sentiste alguna vez aquella duda del “que hubiese pasado si…”? El ser humano ha gastado su existencia reflexionando y teorizando sobre el poder para determinar su destino, saber si realmente es dueño de sus decisiones, lo que muchos conocen como libre albedrío.

Pero todos nosotros hemos pasado, al menos una vez, por aquellas decisiones con el suficiente potencial para partir nuestra vida en dos de forma irreversible. Y queriendo o no, tuvimos que escoger, aún cuando significó no acabar haciendo nada. 

La famosa imagen del sujeto de pie frente a un camino que se bifurca a su frente tiene la inevitable consecuencia del ¿Qué hubiese pasado si aceptaba aquel trabajo en el exterior? ¿y si tomaba aquel tren hacia el viaje soñado? ¿Y si le confesaba mi amor en aquel aeropuerto?.

Nos gusta pensar que aquellas elecciones sin retorno son parte de un proceso racional en nosotros, un libre albedrío puro y duro donde despojados de toda influencia externa, preconcepto o temor produce un cambio a nuestras vidas. 

¿Pero acaso alguien ha conocido a una persona sin preconceptos? porque admitámoslo, nadie se libra de tenerlos, hasta cuando elegimos el papel higiénico en un supermercado, lo hacemos a base de una idea preconcebida ¿doble hoja? ¿aloe? demasiado barato… demasiado caro para su fatal destino…..en fin, los tenemos. Pero realmente ¿somos nosotros quienes tomamos esas decisiones o estas son el resultado de un mix de voluntad, deseo inconsciente y factores externos?

No no, no te vayas que aún viene lo mejor pero será incómodo, lo sabemos. ¿Acaso no estamos más acostumbrados a culpar al karma, a Dios o la suerte por la realidad que vivimos? ¿o tal vez somos de aquellos que necesitan de un acontecimiento externo para tomar una decisión, un algo o alguien a quien culpar por si la cosa se pone fea luego? – un seguro por daños podríamos decir-

Estamos programados genéticamente a pensar que las decisiones que traen cambios drásticos a nuestras vidas son, o deben ser tomadas lo más racionalmente posible. Lo paradójico es que justamente cuando más lo pensemos y racionalicemos más lejos estaremos de dar el primer paso. Porque los cambios nos dan miedo, conllevan a salir de nuestra zona de confort e implican riesgos y hasta en cierto punto, complicaciones.. ¿Y quién quiere complicarse la vida? ¿usted?, porque yo no.

Al final de cuentas, ahí estamos. Se nos acaba la línea recta y el camino se bifurca, derecha, izquierda o paralizarnos en el medio. Conectar con el corazón, preguntarnos dónde desearíamos estar, haciendo qué y con quién, como si este fuera nuestro último día es lo que nos aconsejan los gurúes. Usar la razón pero completar con el alma. Y si el día de mañana nos preguntamos ¿Qué hubiese pasado si? sepamos responder que hicimos lo que sentimos porque el corazón no se equivoca y la razón generalmente si.

2 comentarios

  1. Antes de terminar de leer tu comentario me puse a pensar que haría yo en una situación semejante. Dejaría que mi corazón decidiera, eso pensé. No estoy tan lejos de lo que terminas diciendo . Coincido en que el corazón no falla, la razón si.

    1. Author

      Bienvenida Mirtha!. Escuchar el corazón…gran desafío. Lo que ocurre es que muchas veces nos dice cosas que no nos gusta escuchar. ¿No?

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