Hace algunos años, cuando decidí irme de aquella vida, reconozco que había comprado el verso tan de moda hoy que dice «Renuncia a todo y Viaja! esa es la clave de la felicidad». Es cierto que esa creencia me ayudó a escaparme psicológicamente. Intentaba preservarme abstrayéndome, ponía como fondo de pantalla las Pirámides de Egipto en la computadora del trabajo, leyendo todo el tiempo historias maquilladas por otros viajeros que publicaban junto a imágenes mentirosas y editadas.

Enfrentaba mis faltas de aire por las noches imaginando llegar a esas famosas estructuras y disfrutar de mi «Vida viajando». Inhalaba… en uno.. dos.. tres… cuatro hasta cinco… Y soltaba el aire en seis… siete… ocho.

Al fin y al cabo, esos «viajeros», gurús de lo que ellos llaman la «verdadera vida», que dicen llegar al fin del mundo con 2 dólares, a los que les hacen notas periodísticas inventadas por ellos mismos o suben fotos para alimentar su propio ego, parientes del «Viaja Gratis, pregúntame como», me hicieron creer que recién cuando llegase a esas Pirámides falsas de Instagram iba a conocer la felicidad.

Con todo eso me bajé en la estación de metro de Giza.

-Hey my friend!!!! ¿Taxi!!!???

-Hey you!!!, ¿taxi? Taxi?

-Taxi!! ¿Taxi my friend?

De fondo el tiki-tiki-tiki de las cucharitas golpeando las tazas de té de un grupo de hombres que me clavaban la mirada desde el bar de enfrente. Yo, entre el vendedor de pirámides y los tuc tuc con sus bocinas llego a ver una minivan cruzando la calle.

-Salam Aleykum (La Paz sea contigo) – digo y subo.

-Aleykum Salam dice todo el bus.

Aquel conductor a falta de toda paz, endemoniado, bocina bocina, derecha, izquierda, esquiva una moto y acelera. Era imposible ver hacia afuera con la cantidad de gente pegada a las ventanas intentando respirar.

Bajo los 45 grados, el microondas con ruedas frena en un embotellamiento y me da un segundo para reconocer un cruce peatonal y salto del bus. Levanto la cabeza y ahí estaban, parte de un decorado bizarro que poco tenía que ver con las fotos o videos que había visto antes. De habérmelo contado así años atrás me hubiese roto el corazón, pero por alguna razón, la imperfección del momento generó un algo que me paralizó y me dejó parado en medio de la calle mientras los tuc tuc y los autos me puteaban.

Sentí felicidad, pero no la que había imaginado o la que aquellos gurús predicaban. Una felicidad imperfecta, real.

Inhale… En uno… dos… tres.. cuatro hasta cinco… Largue el aire en seis… siete.. ocho.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *