Había paseado por las calles de El Cairo durante varios días. Elegía hacerlo generalmente de noche porque la ciudad toma un respiro al extremo calor y tanto locales como turistas lucen más relajados.

No importaba la calle por la que me perdiera, siempre terminaba llegando al mismo callejón detrás del hospital en el casco histórico y desde ahí, el camino de vuelta a casa era conocido.

Quizás era la casualidad, un sincronismo repetitivo o la curiosidad, no se, pero inconscientemente cada vez que atravesaba el callejón Haret Adib era atraído como un imán a las risas de una mujer detrás la puerta numero 7.

Fueran las 8, 9 o las 10 de la noche, risas detrás de la puerta. Esas que hacían que aquella puerta desgarrada, casi agónica, apenas iluminada por un foco a duras penas, rebalsara de colores y desbordara de vida aquel callejón.

Un día, al pasar escuche un “Hello” y no pude aguantar el asomarme por una ranura.

Parada, inmóvil, ella estaba ahí, como si mi vista la hubiese congelado en el tiempo.

-Hello! Salam aleikum! -Me oyó y huyó dentro-

La escena se repitió cada día, no importaba en cuál yo pasase, siempre ocurría. Cada vez que atravesaba la callejuela, escuchaba un “Hello” y al asomarme, la mujer estaba ahí petrificada, cubierta de negro de pies a cabeza mirándome fijo al otro lado de la puerta.

Recuerdo una noche, en que fue donde se acercó más de lo usual. Salam aleikum! contesté, pero esta vez dejé un pequeño dulce en el marco de la ventana decorada con telarañas de madera.

Corrió hacia la puerta y tomó el caramelo desde dentro, se detuvo un momento y mirándome susurró:

-Aleikum Salam – y volvió a escabullirse en la oscuridad de su casa-.

Yo hubiese jurado que esos ojos tristes jamás podrían haber sido dueños de aquella risa tan contagiosa.

Los días pasaron pero regresé, y aunque mi tren a Luxor partía pronto, desvié para cruzar frente a aquel callejón por última vez. La puerta ahora estaba atravesada por un candado y una cadena que parecían llevar ahí años y aunque jamás lo había visto, la casa tenía un cartel de demolición, y según los vecinos hacia tiempo que nadie vivía ahí.

Hoy, cada vez que cruzo un callejón oscuro con mi mochila, viene a mi mente esa mujer, su risa y su mirada. Pienso que de los ojos más tristes, de la gente más rota siempre puede salir la sonrisa más linda para quien esté lo suficientemente atento a escucharla.

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