Piphhh…..piphh….piphh…

-Doctor, disculpe. Hay alguna forma de desactivar el sonido de la máquina?

Piphh…piphh…piph…piphhh

-¿Qué máquina?

-Aquella -señalé aún medio sedado por los calmantes-

Piph…piphh…piph…piphh

-Eh? el monitor de signos vitales dice?

-Si, el ruido me esta volviendo loco

-Entiendo, pero la única forma de que ese sonido cambie es por otro más incómodo…tipo piiiiiiiiphhhhhhhhhhhhhh continuo – traza una línea imaginaria horizontal con su mano- Y le aseguro que no serán buenas noticias, sobre todo para usted.

-Que gracioso doctor. No hay alguna forma de silenciarlo?, si vuelvo a tener una arritmia no quisiera enterarme.

-Ahahah, pero yo sí Sr. Gonzalez.

Lo tenía todo, un buen puesto de trabajo, un auto del color que siempre quise, cenas con gente importante, amigos, una casa adorable, pero sentía que con cada pitido de esa máquina una parte de mi mundo “feliz” se desvanecía. Como si al fin de cuentas, lo único importante fuese mantener sonando aquel televisor con líneas y picos verdes que avisaban, sobre todo a mi mismo, que estaba vivo. Pero en verdad lo estaba?

Dicen que los sincronismos, lo que pasa en un momento y lugar exactos y desencadena otra serie infinita de sucesos entrelazados, llega a nosotros de dos formas. O somos conscientes de ellos desde que nacemos, o se nos cruzan en el camino y nos pasan por encima como un camión con acoplado en un acontecimiento traumático. Y al parecer, aquella epifanía me había llegado justo ahí, mientras escuchaba el pitido de cada máquina conectada a los pacientes de la sala, y sobre todo la mía.

Cada sonido marcaba un umbral, una lucha por permanecer, donde nadie sabe si tendrá la oportunidad de volver y cambiar algo o para disfrutar un segundo más de algo. O seguir haciendo lo de siempre, quien sabe.

Pero los pitidos van al ritmo de cada uno. El “piph” del cincuentón de al lado hace compás con su respirador, una bomba que sube y baja introduciendole aire fresco en el pecho. El de la señora de enfrente se detuvo un par de veces anoche y el del pelado del box 7 colapsa cada vez que se arranca los cables gritando que se quiere ir.

Como sociedad nos pasa igual, las cosas nos llegan así, en forma de camión, pandemia, guerra, da igual, somos hijos del rigor. Necesitamos ese acontecimiento, lo más traumático posible, el cachetazo más humillante al ego para entender nuestra fragilidad y replantearnos las cosas. 

La cuestión es qué hacemos después. Percibir que nuestra vida puede ser diferente de aquello que nos enseñaron, cuestionar los mandatos sociales, y creer  que el concepto mismo de felicidad puede y debe ser reescrito poniendo acento en las pequeñas cosas: tomar un café en una terraza, abrazar a quienes amamos, caminar por la calle en libertad…

Pihh…..pihh….pihhh…Ese sonido…. ahora lo escucho cada lunes por la madrugada. Pero es la caja registradora del supermercado de abajo remarcando los precios en promoción, como un recordatorio, o una sincronía nocturna que me avisa que volvimos pero aún no cambiamos en nada.

2 comentarios

  1. Fue un magnífico recordatorio de que la vida no es seguir unas reglas que no pusiste tú, pero que las sigues porque estás incrustado en la sociedad que las promulgas. Tu fortuna, fue encontrar otro sitio donde tú puedes poner tus reglas para seguirlas tú, no te importa si la siguen otros, presentas los hechos duros y los demás decidimos si seguirte o no.
    Bravo por tu valentía.

    1. Author

      Muchas Gracias Manuel y bienvenido!!! Todos deberíamos quizás comenzar a crear reglas propias. Aunque nos lleven a equivocaciones nos darán la tranquilidad de que ha sido intentando algo que nos salió del corazón. Un gran abrazo!

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